Santiago Alcazar[1] y Sebastián Tobar[2]
A las puertas de una nueva Asamblea General de las Naciones Unidas, la pregunta ya no es solamente cómo reformar el multilateralismo, sino cómo recuperar el sentido de realidad que permitió construirlo después de la Segunda Guerra Mundial.
A menos de un mes de la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas, que se celebrará en septiembre en Nueva YOrk, el mundo llega a una nueva cita multilateral atravesado por guerras, crisis humanitarias, desigualdades crecientes, tensiones geopolíticas y una profunda pérdida de confianza en las instituciones internacionales.
La pregunta es inevitable: ¿qué salió mal? ¿Dónde fallamos?
No se trata solamente de una crisis de las Naciones Unidas. Es algo más profundo. Lo que está en cuestión es el conjunto de reglas, instituciones y valores que, desde 1945, intentaron organizar la convivencia internacional.
La Carta de las Naciones Unidas nació de una experiencia histórica concreta: la destrucción provocada por la Segunda Guerra Mundial. Su primer propósito fue inequívoco: “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. El segundo fue reafirmar la dignidad humana, los derechos fundamentales y la voluntad de promover el progreso social y mejores condiciones de vida. De allí surgieron tres grandes pilares: paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo. Durante décadas, sin embargo, estos tres pilares avanzaron de manera desigual. Y hoy enfrentan una crisis simultánea.
UN PACTO QUE NACIÓ DE LAS RUINAS
En 1945 existía una convicción que hoy parece haberse debilitado: las instituciones internacionales debían impedir que la humanidad volviera a recorrer el camino que había conducido a dos guerras mundiales.
Las Naciones Unidas fueron acompañadas por instituciones económicas creadas en Bretton Woods, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Poco después se incorporaron la FAO, la Organización Mundial de la Salud y, posteriormente, la UNCTAD. El proyecto era ambicioso: construir un sistema internacional capaz de garantizar la paz, promover los derechos humanos y generar condiciones para el desarrollo.
Pero desde el comienzo apareció una contradicción: Mientras se proclamaban los derechos universales, persistían la colonización, la segregación racial, el apartheid y conflictos que dejaban a millones de personas fuera de la promesa de igualdad.
En 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese mismo año, sin embargo, se producía la Nakba palestina, continuaba la segregación racial en Estados Unidos y seguía vigente el sistema colonial europeo en África y Asia.
El problema no era que las Naciones Unidas hubieran fracasado completamente. El problema era que la distancia entre los principios proclamados y la realidad comenzaba a hacerse demasiado grande.
La Guerra Fría profundizó esa contradicción. La defensa de la libertad, por un lado, fue identificada con los derechos civiles y políticos; por otro, se reivindicaban los derechos económicos, sociales y culturales. La división ideológica terminó cristalizando en dos pactos internacionales adoptados en 1966.
Ambas dimensiones eran —y siguen siendo— derechos humanos. Pero la lógica de bloques convirtió lo que debería haber sido complementario en una disputa política.
CUANDO LA ECONOMÍA DEJÓ DE MIRAR A LAS PERSONAS
La segunda gran ruptura se produjo en el terreno económico. El sistema de Bretton Woods había sido diseñado para dar estabilidad a la economía internacional. Pero el abandono del patrón oro por Estados Unidos en 1971 modificó profundamente las reglas del juego.
Posteriormente, las crisis petroleras y la crisis de la deuda del mundo en desarrollo transformaron el papel del FMI. Los programas de ajuste comenzaron a colocar el énfasis en variables macroeconómicas: reducción del gasto público, privatizaciones, desregulación y disciplina fiscal.
El problema fue que la economía de los grandes indicadores no siempre coincidía con la economía de las personas. Un país podía mejorar sus cuentas macroeconómicas mientras aumentaban el desempleo, la pobreza o la inseguridad económica de millones de ciudadanos. Se produjo así una nueva desconexión: entre la macroeconomía y la economía real.
La década de 1980 profundizó todavía más el fenómeno. La liberalización financiera multiplicó los instrumentos financieros y aceleró la expansión de una economía cada vez más abstracta. El mundo comenzó a otorgar un valor creciente a activos financieros cuyo comportamiento podía estar cada vez más alejado de la producción de bienes y servicios. La economía financiera creció a una velocidad muy superior a la economía real. No es una diferencia menor. Cuando las finanzas dejan de estar al servicio de la economía y comienzan a funcionar como un universo relativamente autónomo, las decisiones económicas pueden terminar respondiendo más a las expectativas de los mercados que a las necesidades concretas de las sociedades.
LA ILUSIÓN DE QUE TODO PODÍA RESOLVERSE
El final de la Guerra Fría generó una enorme expectativa. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991 parecían anunciar una nueva época.
Durante los años noventa, las Naciones Unidas recuperaron una agenda que había quedado relegada durante la confrontación bipolar. Río de Janeiro, Viena, El Cairo, Copenhague, Beijing y Vancouver fueron escenarios de grandes conferencias sobre medio ambiente, derechos humanos, población, desarrollo social, mujeres y vivienda.
En el año 2000, la Cumbre del Milenio intentó reunir esas aspiraciones en los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Y en 2015 llegó uno de los momentos más ambiciosos del proyecto multilateral: la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, acompañados por el Acuerdo de París sobre cambio climático.
Parecía posible construir un mundo distinto.
Pero mientras se multiplicaban las declaraciones y los compromisos internacionales, también se multiplicaban las fuerzas que dificultaban su cumplimiento.
La globalización produjo riqueza, pero también nuevas desigualdades. Las crisis financieras demostraron la fragilidad del sistema. Las guerras regresaron. El cambio climático avanzó. Las migraciones aumentaron. Las instituciones internacionales comenzaron a perder legitimidad ante sociedades que percibían que sus problemas cotidianos no encontraban respuesta en las grandes declaraciones internacionales. La crisis del multilateralismo no nació ayer.
DEL MUNDO REAL AL MUNDO VIRTUAL
Y entonces apareció una nueva transformación: la digitalización. La tecnología abrió posibilidades extraordinarias. Internet, los algoritmos y la inteligencia artificial pueden mejorar diagnósticos, acelerar investigaciones científicas, optimizar sistemas productivos y ampliar el acceso al conocimiento. Pero también pueden producir una nueva forma de alejamiento de la realidad.
Vivimos rodeados de representaciones digitales que muchas veces parecen más importantes que aquello que representan. Los algoritmos pueden determinar qué información vemos, qué productos compramos, qué noticias recibimos e incluso qué relaciones establecemos.
La inteligencia artificial lleva esta transformación a una escala inédita. El desafío no consiste en rechazar la tecnología. Sería absurdo. El problema es otro: qué lugar ocupa la tecnología en una sociedad que corre el riesgo de confundir aquello que puede ser calculado con aquello que realmente importa.
Una sociedad puede tener algoritmos extraordinariamente sofisticados y, al mismo tiempo, carecer de agua potable. Puede disponer de sistemas capaces de procesar cantidades gigantescas de información mientras millones de personas carecen de atención sanitaria adecuada. Puede invertir miles de millones en nuevas tecnologías y no encontrar recursos suficientes para garantizar derechos básicos. La cuestión, por lo tanto, no es tecnología versus humanidad. Es tecnología al servicio de la humanidad o humanidad subordinada a la tecnología.
LA ÉTICA QUE DESAPARECE
Hay una dimensión todavía más profunda. Las instituciones internacionales fueron construidas sobre una idea esencialmente humana: que la vida, la dignidad y los derechos de las personas tienen un valor que no puede reducirse a una cifra económica. La ética era, en ese sentido, una condición del sistema. Hoy esa premisa parece debilitada.
Cuando una guerra produce miles de muertos, pero las víctimas aparecen solamente como cifras; cuando una población es desplazada y el problema se transforma exclusivamente en una cuestión migratoria; cuando el hambre se convierte en una estadística; cuando la pobreza se transforma en un indicador macroeconómico, algo esencial se pierde. Se pierde al otro. Y cuando dejamos de reconocer al otro como ser humano, también comenzamos a perder nuestra propia humanidad.
Las guerras actuales constituyen la expresión más dramática de esta crisis. El sufrimiento de las poblaciones civiles, la destrucción de sistemas de salud, el desplazamiento forzado y la violación de derechos fundamentales muestran hasta qué punto se ha ampliado la distancia entre las normas internacionales y su cumplimiento efectivo.El problema no es solamente la existencia de violaciones del derecho internacional. Ningún sistema jurídico puede garantizar que las normas nunca sean violadas. El verdadero peligro aparece cuando la violación de las normas deja de provocar indignación y comienza a ser considerada normal. Ese es uno de los síntomas más graves de la crisis contemporánea.
¿QUÉ PASÓ CON LAS NACIONES UNIDAS?
Las Naciones Unidas tampoco pueden ser observadas como si fueran una institución aislada de las relaciones de poder. El sistema internacional de 1945 reflejaba una determinada distribución del poder mundial. El Consejo de Seguridad, con sus cinco miembros permanentes y su derecho de veto, es probablemente la expresión más evidente de aquella estructura. Pero el mundo de 2026 ya no es el mundo de 1945.
Han surgido nuevas potencias económicas y políticas. China tiene un peso internacional muy diferente. India se ha convertido en uno de los principales actores mundiales. Brasil y otros países del Sur Global reclaman una mayor participación en la toma de decisiones. La estructura institucional, sin embargo, no se ha adaptado al mismo ritmo. La consecuencia es una creciente brecha entre la distribución actual del poder y la representación institucional. El resultado es una paradoja: necesitamos más multilateralismo precisamente cuando el multilateralismo parece menos capaz de responder.
La alternativa no puede ser abandonar las instituciones internacionales. El mundo sin reglas no sería más justo; sería simplemente un mundo donde las reglas serían impuestas por quienes tienen mayor poder económico, militar o tecnológico.
VOLVER A LA REALIDAD
La cuestión central para la próxima Asamblea General de la ONU no debería ser solamente qué nuevas resoluciones adoptar. Debería ser más incómoda: ¿Cómo reconstruir la confianza en el sistema internacional?. La respuesta comienza por recuperar la conexión entre los principios y la realidad. Paz significa proteger efectivamente a las poblaciones civiles. Derechos humanos significa defenderlos incluso cuando hacerlo resulte políticamente incómodo. Desarrollo significa mejorar las condiciones de vida de las personas, y no solamente presentar mejores indicadores macroeconómicos. Salud significa garantizar el acceso efectivo a servicios, medicamentos, tecnologías y conocimiento. Cooperación internacional significa reconocer que ningún país puede resolver por sí solo problemas como las pandemias, el cambio climático, las migraciones, la inseguridad alimentaria o las nuevas amenazas tecnológicas. Y multilateralismo significa aceptar que ninguna potencia puede pretender gobernar sola un mundo que ya es profundamente interdependiente.
AMÉRICA LATINA TIENE ALGO QUE DECIR
Para América Latina, esta discusión tiene una importancia particular. La región históricamente ha defendido el derecho internacional, la solución pacífica de controversias, el multilateralismo y la cooperación. Pero también necesita preguntarse qué multilateralismo quiere. No alcanza con defender instituciones creadas hace ocho décadas. Es necesario contribuir a transformarlas para que representen mejor la realidad contemporánea. La reforma de las Naciones Unidas, la democratización de las instituciones financieras internacionales, una arquitectura global de salud más equitativa y una mayor representación del Sur Global son parte de una misma discusión. América Latina no debería elegir entre bloques. Debería defender un sistema internacional basado en reglas, donde las reglas sean universales y no aplicadas selectivamente.
EL DESAFÍO DE LA ASAMBLEA GENERAL
En septiembre, los líderes mundiales volverán a reunirse en Nueva York. Habrá discursos, declaraciones, negociaciones y compromisos. Pero el verdadero desafío será mucho más profundo. Las Naciones Unidas nacieron de una generación que había conocido la guerra, el hambre, el genocidio y la destrucción. Aquella generación sabía que la civilización no podía darse por garantizada. Hoy vivimos una época diferente, pero no necesariamente más segura.
Tenemos tecnologías extraordinarias, sistemas financieros gigantescos, inteligencia artificial, capacidades científicas inimaginables en 1945 y una interdependencia económica sin precedentes. Y, sin embargo, seguimos enfrentando guerras, hambre, desigualdad, desplazamientos, crisis ambientales y violaciones de derechos humanos. Quizás la respuesta a la pregunta “¿qué salió mal?” no sea que las Naciones Unidas hayan sido un error. Tal vez el error haya sido creer que las instituciones podían funcionar sin ética, que la economía podía crecer sin inclusión, que la tecnología podía avanzar sin límites y que el progreso material podía sustituir la responsabilidad humana.
El problema, en definitiva, no es que el mundo haya cambiado. El problema es que nuestras instituciones no han cambiado al mismo ritmo que la realidad. Y quizás la tarea más urgente del multilateralismo no sea construir un mundo completamente nuevo, sino volver a mirar el mundo que tenemos delante. Porque detrás de cada indicador hay una persona. Detrás de cada guerra hay vidas destruidas. Detrás de cada migración hay una historia. Detrás de cada crisis sanitaria hay seres humanos. Y mientras no volvamos a reconocerlos como tales, ninguna reforma institucional será suficiente.
La pregunta que debería acompañar a la ONU en su 81ª Asamblea General no es solamente qué salió mal. Es también si todavía somos capaces de recuperar aquello que hizo posible su nacimiento: la convicción de que la humanidad comparte un destino y que ninguna nación puede salvarse sola.
[1] Santiago Alcázar – Diplomático de carrera (retirado) MRE/Brasil; Investigador Honorario Vice Presidencia de Salud Global y Relaciones Sanitarias. VPSGRI/Fiocruz.
[2] Sebastian Tobar – Sociólogo, Doctor en Salud Pública, investigador sénior en VPSGRI/Fiocruz, asesor sénior de la Alianza Latinoamericana para la Salud Global (ALASAG); Investigador de la Vice Presidencia de Salud Global y Relaciones Sanitarias. VPSGRI/Fiocruz.

